Ella
Conocí a una mujer exquisitamente rara. Ni bien la vi abrió una botella de vino, puso un disco de salsa y no calló más. Ella se puso a recordar en voz alta y me cautivó. Con sus monólogos interminables cualquiera podría pensar que estaba loca pero sólo estaba sintiéndose un poco viva entre tanta memoria que pudría el alma. Supongo que se llama dolor. No creo que sea más que el dolor el que nos lleva a hablar y hablar y a contar historias que rodean la parte turbia que intentamos ignorar, que nos lleva a dar círculos interminables y a nunca mencionar la llaga aunque tengamos el dedo apretándola.
Así son los viajes. Ella, la mujer que ahora recuerdo vivió treinta años en otro país, tras una penosa huida del Paraguay de la que nunca me habló. Yo sólo la conocía como una de las tantas exiliadas que progresó lejos de casa, gracias a su fortaleza, su empuje, a tanta vida. Pero quiso volver, después de treinta años decidió que ya era hora de volver a casa, que ya era hora de enfrentar los fantasmas, que ahora podría hacer algo sin tener que salir corriendo huyendo de torturas.
Volvió y la conocí durante un breve tiempo. Por accidente cayó un libro en mis manos que contaba su historia, de cómo la habían torturado cuando era prácticamente una niña, de cómo pudieron sacarla de la cárcel, de cómo la enviaron lejos, muy lejos para que pueda olvidarse de todo y hacer una vida en otro lugar. Todo lo hizo excepto olvidar. Uno nunca olvida, sólo tiene amnesias temporales. Ella lo demostró. Volvió y no pudo. No pudo por el sistema que no había cambiado mucho, por los amigos de ayer que hoy se transformaron en desfachatados, por los viejos amantes traidores, porque todo o nada cambió, porque volver no era lo que esperaba, porque no, no pudo y cada vez necesitaba más copas para poder dormir, más copas para poder pasar un buen rato o al menos un momento soportable.
Yo la vi pero en realidad no la conocí. Tan exquisitamente extraña, tan salvajemente en decadencia, me era imposible decirle algo y decidí huir yo, evadir tanto dolor y rencor. Traté de olvidarme de ella y de mi cobardía y de lo triste que es volver y no encontrarse con lo que uno espera. Abrir la caja de sorpresas y verla tan vacía con tanto aire, puro espacio.
Los días delatan que no se puede olvidar nunca nada, y las amnesias temporales duran poco o mucho pero acaban. La mía acabó. Yo la recuerdo y pienso en irme, en volver, en salir, en quedarme y pienso en mi familia y sus idas y venidas, en sus vacíos. Queda vivir con un pequeño espacio hueco y llenarlo con algo de amor y si el amor no lo llena, con algo de conversación, con cualquier cosa que nos haga sentir un poco bien.
A pesar de sus éxitos, a pesar de su estimulante vida, a pesar de todo lo lindo, a ella se la comieron los fantasmas.
Así son los viajes. Ella, la mujer que ahora recuerdo vivió treinta años en otro país, tras una penosa huida del Paraguay de la que nunca me habló. Yo sólo la conocía como una de las tantas exiliadas que progresó lejos de casa, gracias a su fortaleza, su empuje, a tanta vida. Pero quiso volver, después de treinta años decidió que ya era hora de volver a casa, que ya era hora de enfrentar los fantasmas, que ahora podría hacer algo sin tener que salir corriendo huyendo de torturas.
Volvió y la conocí durante un breve tiempo. Por accidente cayó un libro en mis manos que contaba su historia, de cómo la habían torturado cuando era prácticamente una niña, de cómo pudieron sacarla de la cárcel, de cómo la enviaron lejos, muy lejos para que pueda olvidarse de todo y hacer una vida en otro lugar. Todo lo hizo excepto olvidar. Uno nunca olvida, sólo tiene amnesias temporales. Ella lo demostró. Volvió y no pudo. No pudo por el sistema que no había cambiado mucho, por los amigos de ayer que hoy se transformaron en desfachatados, por los viejos amantes traidores, porque todo o nada cambió, porque volver no era lo que esperaba, porque no, no pudo y cada vez necesitaba más copas para poder dormir, más copas para poder pasar un buen rato o al menos un momento soportable.
Yo la vi pero en realidad no la conocí. Tan exquisitamente extraña, tan salvajemente en decadencia, me era imposible decirle algo y decidí huir yo, evadir tanto dolor y rencor. Traté de olvidarme de ella y de mi cobardía y de lo triste que es volver y no encontrarse con lo que uno espera. Abrir la caja de sorpresas y verla tan vacía con tanto aire, puro espacio.
Los días delatan que no se puede olvidar nunca nada, y las amnesias temporales duran poco o mucho pero acaban. La mía acabó. Yo la recuerdo y pienso en irme, en volver, en salir, en quedarme y pienso en mi familia y sus idas y venidas, en sus vacíos. Queda vivir con un pequeño espacio hueco y llenarlo con algo de amor y si el amor no lo llena, con algo de conversación, con cualquier cosa que nos haga sentir un poco bien.
A pesar de sus éxitos, a pesar de su estimulante vida, a pesar de todo lo lindo, a ella se la comieron los fantasmas.
"Pobre, seguro que extrañás"
Siempre es lo mismo. Cuando voy a la tienda, cuando empiezo un trabajo, en la parada del colectivo, hay alguien que me afirma a modo de pregunta “seguro que extrañas”. Y siempre contesto con un “sí, claro" de manera automática, para no parecer insensible.
Es más facil decir sí a decir más o menos o a veces, que tendría que venir seguido de una explicación.
Si vivo lejos es porque quiero, no por exilio económico (aunque en parte sí), ni social (aunque en parte sí), ni tampoco porque no extrañe (aunque en parte sí). Es un poco de todo pero más que nada porque tengo ganas, tengo ganas de cambiar de aire aunque sepa querer, encariñarme, pero me aburre amanecer todos los días en el mismo sitio aunque eso no impide que adore a mi familia y amigos.
El tedio es tan plomo como lo sería tener el mismo trabajo por años, la misma casa, los mismos vecinos aunque eso implique ir siempre de costado y no para adelante en términos que tampoco me sacan el sueño.
Cuando llegan las fiestas de fin de año la historia se repite. Algún alma piadosa extiende una invitación porque no quiere que pasemos solos las celebraciones, pero no saben que nosotros disfrutamos muy especialmente pasar las fiestas así. Amadeo y yo somos hijos de padres separados y siempre fin de año era un dilema, teníamos que dividir con quien pasar la navidad y el año nuevo cuando en el fondo queríamos pasar esos días en nuestra casa, tranquilos y si es posible en pijamas. No nos importaban los regalos, ni emborracharnos, ni el pavo ni los primos. Sólo queríamos un día lo menos complicado posible.
Hay momentos de inevitable añoranza, que tengo la necesidad imperiosa de un abrazo materno, un mate con amigas que ya casi son hermanas, acariciar a mi perro. Pero un tiempo en cada lugar es tan benéfico como abrigarse en el invierno y tomar más agua cuando empieza el calor. Eso no lo cambiaría por acumular cosas, ni fotos, o años de estabilidad laboral.
Estamos llenos de estereotipos. Yo creía que todos los migrantes viajaban por necesidades económicas pero me sorprendió conocer a muchísimos que lo hacen por la aventura. Lo ratifican yendo y viniendo casi sin cambiar de equipaje.
No todos buscamos lo mismo y la mayoría de mis respuestas son un más o menos.
Es más facil decir sí a decir más o menos o a veces, que tendría que venir seguido de una explicación.
Si vivo lejos es porque quiero, no por exilio económico (aunque en parte sí), ni social (aunque en parte sí), ni tampoco porque no extrañe (aunque en parte sí). Es un poco de todo pero más que nada porque tengo ganas, tengo ganas de cambiar de aire aunque sepa querer, encariñarme, pero me aburre amanecer todos los días en el mismo sitio aunque eso no impide que adore a mi familia y amigos.
El tedio es tan plomo como lo sería tener el mismo trabajo por años, la misma casa, los mismos vecinos aunque eso implique ir siempre de costado y no para adelante en términos que tampoco me sacan el sueño.
Cuando llegan las fiestas de fin de año la historia se repite. Algún alma piadosa extiende una invitación porque no quiere que pasemos solos las celebraciones, pero no saben que nosotros disfrutamos muy especialmente pasar las fiestas así. Amadeo y yo somos hijos de padres separados y siempre fin de año era un dilema, teníamos que dividir con quien pasar la navidad y el año nuevo cuando en el fondo queríamos pasar esos días en nuestra casa, tranquilos y si es posible en pijamas. No nos importaban los regalos, ni emborracharnos, ni el pavo ni los primos. Sólo queríamos un día lo menos complicado posible.
Hay momentos de inevitable añoranza, que tengo la necesidad imperiosa de un abrazo materno, un mate con amigas que ya casi son hermanas, acariciar a mi perro. Pero un tiempo en cada lugar es tan benéfico como abrigarse en el invierno y tomar más agua cuando empieza el calor. Eso no lo cambiaría por acumular cosas, ni fotos, o años de estabilidad laboral.
Estamos llenos de estereotipos. Yo creía que todos los migrantes viajaban por necesidades económicas pero me sorprendió conocer a muchísimos que lo hacen por la aventura. Lo ratifican yendo y viniendo casi sin cambiar de equipaje.
No todos buscamos lo mismo y la mayoría de mis respuestas son un más o menos.
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Equipaje
El árbol, Esther y "C"
No soy buena recordando caras ni nombres, pero sería imposible olvidar a Esther (mi maestra de tercer grado) y a “C” (mi compañero de aula). Esther era la clásica mujer de finales de los 80, en pleno boom de Susana Giménez cuando se creía muy cool pronunciando las “s” al final de las conjugaciones.
Cuando teníamos que escribir oraciones me añadía con rojo fuego la S a todo. Mis palabras tras su pluma se transformaban en horribles “comistes”, “dormistes”, “distes”, y yo quería pintar con bolígrafo rojo su cara y la de la Giménez. A “C” en cambio lo recuerdo por razones muy diferentes. Era un compañerito que unos meses atrás había perdido a su mamá y todos los niños con esa muerte tuvimos miedo porque ésta existía.
Una vez, segundos antes que suene el timbre que finalizaba el recreo, iba a entrar al aula cuando vi a Esther tomando de los pies a “C” que estaba del otro lado de la ventana del primer piso donde estaba nuestro grado. Esther gritaba con su voz ronca y “C” lloraba y pataleaba para que lo suelten, decidido a caer. Ella pedía ayuda y en segundos unos niños más grandes y no recuerdo si algún profesor, entraron al gradoa ayudarla. Minutos después desaparecieron los dos y los niños entramos al aula a cargo de otro maestro y esperamos en silencio alguna noticia. Estábamos mudos.
No sé cuanto tiempo pasó del regreso de Esther. A su vuelta y todavía con la cara desencajada, nos habló de “C”, nos dijo que teníamos que ser buenos con él, que era un momento difícil y que teníamos que estar alertas, prestarle atención.
Pasaron varios días y “C” no volvió ala escuela. A su regreso nadie nunca dijo nada, como si no hubiera pasado, aunque sabíamos que estaba todo mal, porque a veces lloraba, se peleaba con los compañeros y y sus notas iban de mal en peor.
En ese tiempo en el patio de la escuela había un árbol enorme, probablemente de unos ocho metros de altura. Era el único que teníamos porque todo el piso era de baldosa exceptuando por esos metros cuadrados de tierra rodeados de un cerquito de cemento. Un día salimos al patio y el árbol no estaba, en su lugar sólo quedaba el tronco talado de aproximadamente medio metro de altura. Todos los niños preguntamos que había pasado y la maestra nos dijo que lo habían talado porque despedía savia que hacía que los niños nos cayéramos al correr durante el recreo o la clase de gimnasia. No recuerdo haberme caído alguna vez ni de nadie que le haya pasado eso por culpa del árbol (sí de puros torpes que éramos).
Enfrente de la escuela vivía un poeta que escribió un poema que se publicó en el Clarín. El barrio de Boedo se conmocionó y los vecinos protestaron porque el árbol talado era una tipa blanca, especie autóctona del país y poco frecuente en la capital. Tan inmediato fue el alboroto que a los dos días de tallado el árbol aparecieron unos hombres en el patio para inyectar algo en lo que alguna vez hubo una ancha y esplendorosa copa. A partir de ese día fueron todos los días a aplicarle inyecciones con la esperanza de revivirlo.
Los niños no entendíamos nada: Un día lo talaron, a los dos lo inyectaban para que vuelva a crecer… lo único claro era que la directora se había mandado una c... Todo el barrio se preocupó por el enfermo y los padres estaban al pendiente de cada detalle, hasta se hablaba de cambio de directora.
Meses después empezaron a salir unas hojitas verdes del tallo y todos lo festejaron aunque eso aún no aseguraba que el destino iba a depararle el extraño retorno de volver a ser lo que era.
Al año siguiente “C” cambió de escuela. Después le seguí yo, que salí del colegio y del país.
Veinte años adelante me mudé a quince cuadras de aquel lugar. La primera vez que pasé por el frente vi el árbol enorme, verde, frondoso y asombrada le conté a Amadeo la historia de la tipa blanca aunque no la de “C”.
A veces nos damos por muertos pero la vida nos sigue regalando algunos brotes.
Cuando teníamos que escribir oraciones me añadía con rojo fuego la S a todo. Mis palabras tras su pluma se transformaban en horribles “comistes”, “dormistes”, “distes”, y yo quería pintar con bolígrafo rojo su cara y la de la Giménez. A “C” en cambio lo recuerdo por razones muy diferentes. Era un compañerito que unos meses atrás había perdido a su mamá y todos los niños con esa muerte tuvimos miedo porque ésta existía.
Una vez, segundos antes que suene el timbre que finalizaba el recreo, iba a entrar al aula cuando vi a Esther tomando de los pies a “C” que estaba del otro lado de la ventana del primer piso donde estaba nuestro grado. Esther gritaba con su voz ronca y “C” lloraba y pataleaba para que lo suelten, decidido a caer. Ella pedía ayuda y en segundos unos niños más grandes y no recuerdo si algún profesor, entraron al gradoa ayudarla. Minutos después desaparecieron los dos y los niños entramos al aula a cargo de otro maestro y esperamos en silencio alguna noticia. Estábamos mudos.
No sé cuanto tiempo pasó del regreso de Esther. A su vuelta y todavía con la cara desencajada, nos habló de “C”, nos dijo que teníamos que ser buenos con él, que era un momento difícil y que teníamos que estar alertas, prestarle atención.
Pasaron varios días y “C” no volvió ala escuela. A su regreso nadie nunca dijo nada, como si no hubiera pasado, aunque sabíamos que estaba todo mal, porque a veces lloraba, se peleaba con los compañeros y y sus notas iban de mal en peor.
En ese tiempo en el patio de la escuela había un árbol enorme, probablemente de unos ocho metros de altura. Era el único que teníamos porque todo el piso era de baldosa exceptuando por esos metros cuadrados de tierra rodeados de un cerquito de cemento. Un día salimos al patio y el árbol no estaba, en su lugar sólo quedaba el tronco talado de aproximadamente medio metro de altura. Todos los niños preguntamos que había pasado y la maestra nos dijo que lo habían talado porque despedía savia que hacía que los niños nos cayéramos al correr durante el recreo o la clase de gimnasia. No recuerdo haberme caído alguna vez ni de nadie que le haya pasado eso por culpa del árbol (sí de puros torpes que éramos).
Enfrente de la escuela vivía un poeta que escribió un poema que se publicó en el Clarín. El barrio de Boedo se conmocionó y los vecinos protestaron porque el árbol talado era una tipa blanca, especie autóctona del país y poco frecuente en la capital. Tan inmediato fue el alboroto que a los dos días de tallado el árbol aparecieron unos hombres en el patio para inyectar algo en lo que alguna vez hubo una ancha y esplendorosa copa. A partir de ese día fueron todos los días a aplicarle inyecciones con la esperanza de revivirlo.
Los niños no entendíamos nada: Un día lo talaron, a los dos lo inyectaban para que vuelva a crecer… lo único claro era que la directora se había mandado una c... Todo el barrio se preocupó por el enfermo y los padres estaban al pendiente de cada detalle, hasta se hablaba de cambio de directora.
Meses después empezaron a salir unas hojitas verdes del tallo y todos lo festejaron aunque eso aún no aseguraba que el destino iba a depararle el extraño retorno de volver a ser lo que era.
Al año siguiente “C” cambió de escuela. Después le seguí yo, que salí del colegio y del país.
Veinte años adelante me mudé a quince cuadras de aquel lugar. La primera vez que pasé por el frente vi el árbol enorme, verde, frondoso y asombrada le conté a Amadeo la historia de la tipa blanca aunque no la de “C”.
A veces nos damos por muertos pero la vida nos sigue regalando algunos brotes.
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Argentina
Mar
Cuando vivía en el Caribe no lo dimensionaba. Mi cabeza siempre estuvo lo suficientemente acelerada para no dejarme disfrutar lo suficiente. Recuerdo incluso que los últimos tiempos estaba un poco harta del calor, de mi trabajo, putear en chino cuando me tocaban días lluviosos y me tenía que enfrentar con los malos sistemas pluviales o indignarme por a, b y c porque tenía ganas de justificar algún mal humor.
Hoy lo veo todo al revés. Recuerdo levantarme y respirar aire a verano eterno, abrir la puerta y soltar a mi perra para que salga a correr al parque que teníamos exactamente enfrente de nuestra casa y parecía un patio añadido. Recuerdo los tambores de la feria a la noche y que mi único día semanal de descanso apagaba el teléfono y me iba a pasarlo enterito a la playa, obsesionada con cada gota de agua salada.
Cuando vivía en Paraguay soñaba con vivir cerca del mar, típico sueño fisura de país mediterráneo con calor de 40 grados. Mis últimos tiempos allá, después del trabajo a veces iba a lo de una amiga y en su terraza escuchábamos bossa nova y sufríamos y sufríamos por lo que no teníamos. Una vez Amadeo del trabajo fue a buscarme a esa casa y estaba pálido y de mal humor, harto del trabajo y le dije “renunciá, vámonos”. A partir de ese día trabajamos seis meses más y nos fuimos, nos fuimos un mes al Brasil, pasamos las fiestas en Salvador, Bahía, y de allí seguimos un viaje por tierra que culminó en el Caribe. Recuerdo especialmente el primero y último día en cada lugar.
Ese último día en Bahía fuimos a la playa de Barra y yo no podía dejar de mirar el mar y meterme. “Último chapuzón” decía pero salía y me secaba tan rápido que me iba por otro último y así y así. Recuerdo que viajábamos con el verano y la mochila era liviana. No llevaba mantas, sólo una bolsa de dormir, tampoco camperas, y no pasé ni una noche de frío.
El último día en Cancún también lo recuerdo muy bien porque antes de viajar ya todo me daba vueltas, quería volver a casa, extrañaba la ciudad, el loquero, y las más estúpidas cosas que en ese momento eran invaluables. Pero ese último día salí a caminar y todo era perfectamente generoso, caminaba por cada cuadra que me había dado tanto y miraba las casas y conocía el barrio, el restaurante de la esquina donde había almorzado tantas veces, la parada del bondi, el parque, mi perra, los huaraches de las palapas y tuve dudas de la decisión tomada y temor a que no me vuelva a gustar la ciudad que me vio nacer.
De aquel día pasaron cuatro años y no puedo creer lo rápido que pasan las cosas y lo fresca que está la brisa del mar para mí. Regresé dos años a Buenos Aires y disfruté el frío, mis mates y gastronomía, nació mi hija, volví a la vida de departamento con expensas, con gritos de vecinos, con paredes finas, con prohibiciones de perros, con metros cuadrados escasos. Después volví al Paraguay con su calor de locos sin mar, con ese sudar hasta en los pies que ni pueden andar descalzos porque se queman cada vez que pisan el patio, con jugos de mango y guayaba, mucho limón y abundante tereré. Vine a Zacatecas de donde me estoy por ir, donde temblé de frío en diciembre, donde salí a caminar mientras me caían encima los copos de nieve, donde mi hija fue a su primera guardería y está aprendiendo a andar en triciclo, lugar colonial y semidesértico repleto de cactus digno de una postal.
Pero no me estoy por ir a la playa aunque con Amadeo soñamos con ver a Jade caminando por esa arena limpia, respirando aquel aire de la tierra de los mayas. Y que ganas de volver al mar, aunque después extrañe la ciudad, los cactus, o el tereré pero nunca logren impedir que me saque el Caribe de la cabeza.
Al mar volvería mil veces pero nunca sería suficiente y no me gusta mucho viajar de vacaciones porque siempre son demasiado cortas. Me gusta llegar a un lugar y apoderarme, hacerlo mío, radicarme aunque igual el tiempo siempre termine siendo escaso.
Hoy lo veo todo al revés. Recuerdo levantarme y respirar aire a verano eterno, abrir la puerta y soltar a mi perra para que salga a correr al parque que teníamos exactamente enfrente de nuestra casa y parecía un patio añadido. Recuerdo los tambores de la feria a la noche y que mi único día semanal de descanso apagaba el teléfono y me iba a pasarlo enterito a la playa, obsesionada con cada gota de agua salada.
Cuando vivía en Paraguay soñaba con vivir cerca del mar, típico sueño fisura de país mediterráneo con calor de 40 grados. Mis últimos tiempos allá, después del trabajo a veces iba a lo de una amiga y en su terraza escuchábamos bossa nova y sufríamos y sufríamos por lo que no teníamos. Una vez Amadeo del trabajo fue a buscarme a esa casa y estaba pálido y de mal humor, harto del trabajo y le dije “renunciá, vámonos”. A partir de ese día trabajamos seis meses más y nos fuimos, nos fuimos un mes al Brasil, pasamos las fiestas en Salvador, Bahía, y de allí seguimos un viaje por tierra que culminó en el Caribe. Recuerdo especialmente el primero y último día en cada lugar.
Ese último día en Bahía fuimos a la playa de Barra y yo no podía dejar de mirar el mar y meterme. “Último chapuzón” decía pero salía y me secaba tan rápido que me iba por otro último y así y así. Recuerdo que viajábamos con el verano y la mochila era liviana. No llevaba mantas, sólo una bolsa de dormir, tampoco camperas, y no pasé ni una noche de frío.
El último día en Cancún también lo recuerdo muy bien porque antes de viajar ya todo me daba vueltas, quería volver a casa, extrañaba la ciudad, el loquero, y las más estúpidas cosas que en ese momento eran invaluables. Pero ese último día salí a caminar y todo era perfectamente generoso, caminaba por cada cuadra que me había dado tanto y miraba las casas y conocía el barrio, el restaurante de la esquina donde había almorzado tantas veces, la parada del bondi, el parque, mi perra, los huaraches de las palapas y tuve dudas de la decisión tomada y temor a que no me vuelva a gustar la ciudad que me vio nacer.
De aquel día pasaron cuatro años y no puedo creer lo rápido que pasan las cosas y lo fresca que está la brisa del mar para mí. Regresé dos años a Buenos Aires y disfruté el frío, mis mates y gastronomía, nació mi hija, volví a la vida de departamento con expensas, con gritos de vecinos, con paredes finas, con prohibiciones de perros, con metros cuadrados escasos. Después volví al Paraguay con su calor de locos sin mar, con ese sudar hasta en los pies que ni pueden andar descalzos porque se queman cada vez que pisan el patio, con jugos de mango y guayaba, mucho limón y abundante tereré. Vine a Zacatecas de donde me estoy por ir, donde temblé de frío en diciembre, donde salí a caminar mientras me caían encima los copos de nieve, donde mi hija fue a su primera guardería y está aprendiendo a andar en triciclo, lugar colonial y semidesértico repleto de cactus digno de una postal.
Pero no me estoy por ir a la playa aunque con Amadeo soñamos con ver a Jade caminando por esa arena limpia, respirando aquel aire de la tierra de los mayas. Y que ganas de volver al mar, aunque después extrañe la ciudad, los cactus, o el tereré pero nunca logren impedir que me saque el Caribe de la cabeza.
Al mar volvería mil veces pero nunca sería suficiente y no me gusta mucho viajar de vacaciones porque siempre son demasiado cortas. Me gusta llegar a un lugar y apoderarme, hacerlo mío, radicarme aunque igual el tiempo siempre termine siendo escaso.
El robo más grande de México
Este mes se publica en las webs de la revista mexicana Emeequis y la revista peruana Etiqueta Negra, el trabajo que realicé como resultado del taller de crónicas narrativas con Juan Pablo Meneses, fundador de la Escuela de Periodismo Portátil.
A través de Juan Ovalle, un ex bracero de 90 años que hace guardia frente a la explanada del Congreso de Zacatecas, narro el multimillonario robo de los gobiernos priistas a los trabajadores mexicanos que formaron parte del Programa Bracero entre 1942 y 1967.
Paso los links:
Etiqueta negra
Emeequis
Periodismo portátil
Espero les guste!
A través de Juan Ovalle, un ex bracero de 90 años que hace guardia frente a la explanada del Congreso de Zacatecas, narro el multimillonario robo de los gobiernos priistas a los trabajadores mexicanos que formaron parte del Programa Bracero entre 1942 y 1967.
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Etiqueta negra
Emeequis
Periodismo portátil
Espero les guste!
Medicina natural
Mi tatarabuela era indígena charrúa. Conocía los beneficios de las plantas, y aunque no la conocí, mamá me cuenta que la recuerda de niña y que era una mujer que limpiaba a los animales cuando tenían bichos, con rezos regresaba a vacas y caballos perdidos y veneraba la lluvia. Mi abuelo era italiano y se casó con la hija de la tata. Al llegar al Paraguay y ver la abundancia de coco, el abuelo realizó una fórmula para hacer jabón. Después terminó vendiendo la fórmula a una empresa que hasta el día de hoy lo sigue fabricando y en el país ese mismo jabón de coco es muy usado por sus beneficios como hidratante y nutriente además del uso obvio de higienizar.
Muchos europeos al llegar a Latinoamérica aprenden de nuestra cultura nativa curativa y al llegar al viejo continente la promocionan. Sin embargo en nuestra propia tierra, llena de mercados donde se consigue todo tipo de hierbas medicinales y donde aún tenemos impregnados ciertos hábitos como el consumo de la yerba mate acompañada de “remedios yuyos” en el sur o la ingesta de ciertos tés cuando nos sentimos mal en todos los países latinos, negamos los beneficios de ciertas plantas.
¿Quién no vio a alguna abuelita frotar suavemente un algodón empapado con agua en el vientre del bebé? Yo varias y nunca entendí bien porqué lo hacían. Muchos años más tarde asocié esta práctica con los hoy llamados baños derivativos, aquellos consistentes en mojar el bajo vientre, antes conocido como baño vital y hoy más promocionado bajo el nuevo título de hidroterapia.
Los aztecas que tenían en sus casas temazcales para hacerse largos baños de vapor se matarían de risa si supieran como se habla ahora de los saunas y sus beneficios, o que la gente paga fortunas para hacerse en un spa barroterapia.
Bajo etiquetas chic las mujeres consumen en modernos establecimientos terapias que antes se realizaban en la casa, sin gastar un peso de más. Tengo muchas amigas que compran laxantes ovidándose de los beneficios de la semilla de lino, las ciruelas pasas, el pan integral, la cáscara sagrada y, nuevamente, los baños vitales o derivativos.
No me interesa ahora hablar de los efectos psicotrópicos, pero el peyote es uno de los antibióticos naturales más efectivos que existen, aunque su uso esté considerado ilegal al menos que seas huichol. La marihuana, útil como analgésico y digestivo, permitido su uso para pacientes con cáncer en algunos países de Europa, nuestros gobiernos la siguen considerando ilegal.
De aquellos antepasados lastimosamente me llegó poco y nada de esa cultura natural. Me educaron con médicos de delantal y título. No voy a negar los progresos de la medicina moderna, pero muchos médicos tampoco niegan los beneficios de la medicina natural, ¿o acaso nunca escucharon que un médico recete baños de asiento?
A las terapias naturales hay que darles el lugar que se merece.
Muchos europeos al llegar a Latinoamérica aprenden de nuestra cultura nativa curativa y al llegar al viejo continente la promocionan. Sin embargo en nuestra propia tierra, llena de mercados donde se consigue todo tipo de hierbas medicinales y donde aún tenemos impregnados ciertos hábitos como el consumo de la yerba mate acompañada de “remedios yuyos” en el sur o la ingesta de ciertos tés cuando nos sentimos mal en todos los países latinos, negamos los beneficios de ciertas plantas.
¿Quién no vio a alguna abuelita frotar suavemente un algodón empapado con agua en el vientre del bebé? Yo varias y nunca entendí bien porqué lo hacían. Muchos años más tarde asocié esta práctica con los hoy llamados baños derivativos, aquellos consistentes en mojar el bajo vientre, antes conocido como baño vital y hoy más promocionado bajo el nuevo título de hidroterapia.
Los aztecas que tenían en sus casas temazcales para hacerse largos baños de vapor se matarían de risa si supieran como se habla ahora de los saunas y sus beneficios, o que la gente paga fortunas para hacerse en un spa barroterapia.
Bajo etiquetas chic las mujeres consumen en modernos establecimientos terapias que antes se realizaban en la casa, sin gastar un peso de más. Tengo muchas amigas que compran laxantes ovidándose de los beneficios de la semilla de lino, las ciruelas pasas, el pan integral, la cáscara sagrada y, nuevamente, los baños vitales o derivativos.
No me interesa ahora hablar de los efectos psicotrópicos, pero el peyote es uno de los antibióticos naturales más efectivos que existen, aunque su uso esté considerado ilegal al menos que seas huichol. La marihuana, útil como analgésico y digestivo, permitido su uso para pacientes con cáncer en algunos países de Europa, nuestros gobiernos la siguen considerando ilegal.
De aquellos antepasados lastimosamente me llegó poco y nada de esa cultura natural. Me educaron con médicos de delantal y título. No voy a negar los progresos de la medicina moderna, pero muchos médicos tampoco niegan los beneficios de la medicina natural, ¿o acaso nunca escucharon que un médico recete baños de asiento?
A las terapias naturales hay que darles el lugar que se merece.
Concierto
Hoy estamos los tres con mocos pero no nos importa. La presentación de don Joaquín Sabina anoche en Zacatecas no tuvo desperdicio y el frío no le importó a nadie.
Jade gritó, bailó y aguantó de perfecto humor las dos horas de concierto.
Subo unas fotos del Amadeo, para ello tuvo que aguantar algunas pisoteadas y jalones de cabello.


Jade gritó, bailó y aguantó de perfecto humor las dos horas de concierto.
Subo unas fotos del Amadeo, para ello tuvo que aguantar algunas pisoteadas y jalones de cabello.


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Música
Sabina
Desde hace unos días que corría la voz de que venía Sabina a Zacatecas. Primero rumoreaban que la entrada iba a costar lo mismo que an Aguascalientes, o sea la más barata, 900 pesos mexicanos. "Nde", le dije a Amadeo, "entre los dos suman 1800, no podemos ir". Pero al final, el gobierno terminó trayéndolo y la entrada va a ser con boletos gratuitos.
Un día antes de la entrega de entradas ya había una cola frente a la Secretaría de Turismo. El día que las iban a dar, llegué a las 11 a comerme la fila de dos cuadras con mi hija. Estábamos justo frente al Ex Convento San Agustín, mientras Jade aprovechaba para subir y bajar las escaleras del ex convento yo renegaba desde las filas y tenía que ir a buscarla cada dos por tres. No había caso, me miraba pícara, "hola ma", me gritaba la petisa de dos años y se escondía otra vez tras el mural para que la vaya a buscar. Eso de mantenete en mi vista lo caza pero no lo obedece.
Las mañanas son frescas pero salió el sol y empezamos todos, porque todos los de la fila andábamos abrigados, a quejarnos del sol que nos caía encima. Típico, que te pones a hablar con tus compañeros de fila para hacer un poco más amena la espera. No quedaba otra, con Jade armando lío eso de los auriculares y el MP4 es soñar. Lento, lentamente, pasó una hora. Lento, lentamente, avanzamos una cuadra. En eso aparece uno de los guardias contando una por una nuestras cabezas. "Hasta acá", dice y limita la fila a seis personas atrás mío. "Que pedo", pensé , "zafamos".
Los demás, que empezaron a los gritos, se inscribieron en una lista para que al día siguiente retiren sus entradas sin formar la cola. Nosotros nos quedamos a esperar nuestro turno y en esa nos avisan que están entregando una por persona, nde otra vez, como puede ser si hace diez minutos entregaban dos por cada uno. Más quejas.
Hora después y a solo tres personas para que me toque, zas:
-"No hay más entradas", grita el guardia.
-"Qué???"
"No hay más", dice muy pancho.
Los diez ñatos que quedábamos nos pusimos de malas. Como bruja gritona empecé a quejarme que me pasé dos horas en la fila bajo el sol con mi beba y que eso era una
falta de respeto (para eso Jade ya estaba subiendo las escaleras de Turismo, le
valía gorro que no nos dejen pasar), todo el mundo gritando, llegó la prensa, PAF, me enzoquetan un flash en la cara, "uy", pensé, "mi mejor perfil de loca", Jade disfrutando el espéctaculo y en medio del ruido el tipo grita, "esperen eperen". Después de unos minutos y tras echar a la prensa nos dice que nos va a dar una entrada a cada uno.
- "Bueno", decimos todos, "¿y cómo hacemos para retirar otra?.
- "Vuelvan mañana".
Ufff. Cuando me toca a mí el (ya a esta altura) pobre hombre, me pregunta cuantas necesito.
_ "Solo dos", le digo victimita.
- "Toma pero no le digas a los demás"
-"No, no. Gracias!"
- "Y no vuelvas más", me pide.
-"No, no me ves más", le contesto. Rápidamente alzo a Jade que ya estaba con el pañal re cargado y me voy dos cuadras a visitar a mis ex compas del trabajo. Le cambio el pañal mientras parloteamos sobre las novedades y se me pasa el tiempo. Iba por quince minutos y pasaron como tres horas. Miro el teléfono y tenía llamadas perdidas del Amadeo. "A" me dice que no actualizo más el blog. Le cuento que vinieron mi hermano y mi viejo, uno por una semana, otro por un día y que el resto del mes me lo pasé cocinando a full todo el día, que a la compu ni la quería ver y que me aluciné preparando masas de alfajores, de pizzas, de tartas, "Ponte las pilas", me dice, "sí, sí, en estos días" y acá cumplo poniéndome media pila.
"Pucha, es tarde", le digo a "S", "vamos pues a casa". Y nos venimos a casa y preparo unas empanadas. Que loco, pienso. Cuando estaba en Paraguay o Argentina me agarraban unos antojos terribles de comer comida mexicana. Una vez de internet saqué una receta y me salieron unos tacos terriblemente malos pero me los comí con un placer!! Amadeo se ve que no tanto que esa semana me llevó a comer comida mexicana, puf, comí hasta que casi salgo rodando. Acá me rodea toda la comida mexicana y eso me ayuda a aprender a cocinar las recetas de mi tierra. Antes si quería algo bajaba y me lo conseguía en la panadería o la roticería, bueno, ahora tengo que ingeniármelas...
Llega Amadeo y me dice que vio la foto que me sacaron del diario y que la editó para que no salga protestando frente a la Secretaría. "S" se descostilla de risa, ni me imaginé que el fotógrafo fuera del mismo periódico donde labura Amadeo. "¿Pero conseguiste las entradas?", me pregunta. "Claro", le digo, y las entradas ya las tengo pero eso no es aún señal de éxito.
Siendo mamá el destino depende prácticamente de Jade, queda cruzar los dedos para que el sábado no le de diarrea ni tos y por supuesto, si Jade está perfecta, que a Sabina no le den anginas.
Un día antes de la entrega de entradas ya había una cola frente a la Secretaría de Turismo. El día que las iban a dar, llegué a las 11 a comerme la fila de dos cuadras con mi hija. Estábamos justo frente al Ex Convento San Agustín, mientras Jade aprovechaba para subir y bajar las escaleras del ex convento yo renegaba desde las filas y tenía que ir a buscarla cada dos por tres. No había caso, me miraba pícara, "hola ma", me gritaba la petisa de dos años y se escondía otra vez tras el mural para que la vaya a buscar. Eso de mantenete en mi vista lo caza pero no lo obedece.
Las mañanas son frescas pero salió el sol y empezamos todos, porque todos los de la fila andábamos abrigados, a quejarnos del sol que nos caía encima. Típico, que te pones a hablar con tus compañeros de fila para hacer un poco más amena la espera. No quedaba otra, con Jade armando lío eso de los auriculares y el MP4 es soñar. Lento, lentamente, pasó una hora. Lento, lentamente, avanzamos una cuadra. En eso aparece uno de los guardias contando una por una nuestras cabezas. "Hasta acá", dice y limita la fila a seis personas atrás mío. "Que pedo", pensé , "zafamos".
Los demás, que empezaron a los gritos, se inscribieron en una lista para que al día siguiente retiren sus entradas sin formar la cola. Nosotros nos quedamos a esperar nuestro turno y en esa nos avisan que están entregando una por persona, nde otra vez, como puede ser si hace diez minutos entregaban dos por cada uno. Más quejas.
Hora después y a solo tres personas para que me toque, zas:
-"No hay más entradas", grita el guardia.
-"Qué???"
"No hay más", dice muy pancho.
Los diez ñatos que quedábamos nos pusimos de malas. Como bruja gritona empecé a quejarme que me pasé dos horas en la fila bajo el sol con mi beba y que eso era una
falta de respeto (para eso Jade ya estaba subiendo las escaleras de Turismo, le
valía gorro que no nos dejen pasar), todo el mundo gritando, llegó la prensa, PAF, me enzoquetan un flash en la cara, "uy", pensé, "mi mejor perfil de loca", Jade disfrutando el espéctaculo y en medio del ruido el tipo grita, "esperen eperen". Después de unos minutos y tras echar a la prensa nos dice que nos va a dar una entrada a cada uno.
- "Bueno", decimos todos, "¿y cómo hacemos para retirar otra?.
- "Vuelvan mañana".
Ufff. Cuando me toca a mí el (ya a esta altura) pobre hombre, me pregunta cuantas necesito.
_ "Solo dos", le digo victimita.
- "Toma pero no le digas a los demás"
-"No, no. Gracias!"
- "Y no vuelvas más", me pide.
-"No, no me ves más", le contesto. Rápidamente alzo a Jade que ya estaba con el pañal re cargado y me voy dos cuadras a visitar a mis ex compas del trabajo. Le cambio el pañal mientras parloteamos sobre las novedades y se me pasa el tiempo. Iba por quince minutos y pasaron como tres horas. Miro el teléfono y tenía llamadas perdidas del Amadeo. "A" me dice que no actualizo más el blog. Le cuento que vinieron mi hermano y mi viejo, uno por una semana, otro por un día y que el resto del mes me lo pasé cocinando a full todo el día, que a la compu ni la quería ver y que me aluciné preparando masas de alfajores, de pizzas, de tartas, "Ponte las pilas", me dice, "sí, sí, en estos días" y acá cumplo poniéndome media pila.
"Pucha, es tarde", le digo a "S", "vamos pues a casa". Y nos venimos a casa y preparo unas empanadas. Que loco, pienso. Cuando estaba en Paraguay o Argentina me agarraban unos antojos terribles de comer comida mexicana. Una vez de internet saqué una receta y me salieron unos tacos terriblemente malos pero me los comí con un placer!! Amadeo se ve que no tanto que esa semana me llevó a comer comida mexicana, puf, comí hasta que casi salgo rodando. Acá me rodea toda la comida mexicana y eso me ayuda a aprender a cocinar las recetas de mi tierra. Antes si quería algo bajaba y me lo conseguía en la panadería o la roticería, bueno, ahora tengo que ingeniármelas...
Llega Amadeo y me dice que vio la foto que me sacaron del diario y que la editó para que no salga protestando frente a la Secretaría. "S" se descostilla de risa, ni me imaginé que el fotógrafo fuera del mismo periódico donde labura Amadeo. "¿Pero conseguiste las entradas?", me pregunta. "Claro", le digo, y las entradas ya las tengo pero eso no es aún señal de éxito.
Siendo mamá el destino depende prácticamente de Jade, queda cruzar los dedos para que el sábado no le de diarrea ni tos y por supuesto, si Jade está perfecta, que a Sabina no le den anginas.
Música del mundo
Putumayo World Music tiene 17 años proponiendo música que acerca culturas. El sello, fundado por Dan Stoper se ha expandido a los cinco continentes, demostrando que en época de crisis para las discogáficas, las ideas que difunden la cultura del mundo van para adelante.
Mediante Putumayo pude conocer artistas de los que no tenía idea y no me he llevado más que gratas sorpresas. Invito a visitar la web oficial www.putumayo.com y a buscar algunos de sus videos.
También lanzaron una colección Putumayo Kids, una selección de buenísimos temas para niños, en versiones originales.
Putumayo Latin Lounge: Wagner Pa & Brazuca Matraca "Folia":
Mediante Putumayo pude conocer artistas de los que no tenía idea y no me he llevado más que gratas sorpresas. Invito a visitar la web oficial www.putumayo.com y a buscar algunos de sus videos.
También lanzaron una colección Putumayo Kids, una selección de buenísimos temas para niños, en versiones originales.
Putumayo Latin Lounge: Wagner Pa & Brazuca Matraca "Folia":
Viajar en familia
Hace unos días me escribieron dos chicas para contarme que estaban planeando un viaje por Latinoamérica. Me encanta que la gente viaje y bien colada, siempre termino sintiéndome cómplice cuando alguien está empacando. Pero les conté que por esas cosas de la vida estaba viviendo ahora en Zacatecas, México, que tenía una niña y que a pesar de que seguíamos en movimiento los viajes eran diferentes, muy diferentes.
La primera vez que Jade subió a un avión tenía dos meses de vida. Fue un viaje ida y vuelta, sabía perfectamente adonde iba y por cuanto tiempo. Nada más lejos que andar de mochileros. Para esa ocasión el equipaje fue algo extenso y después seguimos trasladándonos con cierta histeria de padres primerizos que quieren tener todo bajo control.
Ya no somos tan neuros como aquellas primeras veces. Me tocó viajar sola con Jade en colectivo, auto y avión en viajes largos, me tocó viajar con Amadeo, con mi hermano y con una amiga de oro, de oro, (gracias Amelí!) que me ayudó en una de mis mudanzas con una energía envidiable. Recuerdo que mientras Jade andaba colgada de un portabebés la loca me ayudaba a cargar hasta mi máquina de coser.
Pero todos los viajes post nacimiento, incluido el último con mucho menos equipaje, fueron completamente planificados. No conocíamos Zacatecas cuando vinimos de Asunción pero a Amadeo lo esperaba un trabajo y reserva de hotel. Al llegar sólo tuvimos que decirle al taxista adonde nos tenía que llevar.
Un tiempo, este tiempo, me olvidé de los viajes de mochila. Creí que la maternidad y los viajes de mochila eran agua y aceite. Anoche me agarró cierta nostalgia por la ruta y mirando blogs me reencontré con los Zapp, aquel matrimonio argentino que hiceron la ruta Argentina - Alaska. Hoy tienen cuatro hijos y siguen viajando, ahora andan por Nueva Zelanda.
Les dejo la ruta de enlace un video extraído de la web de esta hermosa, hermosa, hermosísima familia, que demuestra que viajar es un sueño que todos podemos realizar, solos o con los que más amamos.
(Antes del video pasan una publicidad, pero vale la pena esperar).
La primera vez que Jade subió a un avión tenía dos meses de vida. Fue un viaje ida y vuelta, sabía perfectamente adonde iba y por cuanto tiempo. Nada más lejos que andar de mochileros. Para esa ocasión el equipaje fue algo extenso y después seguimos trasladándonos con cierta histeria de padres primerizos que quieren tener todo bajo control.
Ya no somos tan neuros como aquellas primeras veces. Me tocó viajar sola con Jade en colectivo, auto y avión en viajes largos, me tocó viajar con Amadeo, con mi hermano y con una amiga de oro, de oro, (gracias Amelí!) que me ayudó en una de mis mudanzas con una energía envidiable. Recuerdo que mientras Jade andaba colgada de un portabebés la loca me ayudaba a cargar hasta mi máquina de coser.
Pero todos los viajes post nacimiento, incluido el último con mucho menos equipaje, fueron completamente planificados. No conocíamos Zacatecas cuando vinimos de Asunción pero a Amadeo lo esperaba un trabajo y reserva de hotel. Al llegar sólo tuvimos que decirle al taxista adonde nos tenía que llevar.
Un tiempo, este tiempo, me olvidé de los viajes de mochila. Creí que la maternidad y los viajes de mochila eran agua y aceite. Anoche me agarró cierta nostalgia por la ruta y mirando blogs me reencontré con los Zapp, aquel matrimonio argentino que hiceron la ruta Argentina - Alaska. Hoy tienen cuatro hijos y siguen viajando, ahora andan por Nueva Zelanda.
Les dejo la ruta de enlace un video extraído de la web de esta hermosa, hermosa, hermosísima familia, que demuestra que viajar es un sueño que todos podemos realizar, solos o con los que más amamos.
(Antes del video pasan una publicidad, pero vale la pena esperar).
Cuestión de paladar
(con receta de dulce de leche)
Me encanta vivir en un país que no sea el mío. Me fascina, y especialmente me encantan los primeros días, esos que miras todo todo con la boca abierta, babeando.
A Zacatecas llegamos pasadas las diez de la noche. Hacía frío y no vimos gran cosa. Un taxista bien norteño con sombrero cowboy, botas texanas, camisa con cuello y espalda bordadas, nos ayudó a colocar las valijas en el portaequipajes y nos llevó a nuestro hotel. Sólo vimos cerros, calles en subidas y bajadas y algunas cuantas luces. Tampoco estábamos muy preocupados: muertos de hambre, sólo queríamos pedir algo para comer y domir.
Al día siguiente, bien temprano y domingo, salimos a la calle a ver donde estábamos. “Amadeo mirá”, “uy mirá esto”, le decía a mi compañero mientras paseaba el carrito con mi niña. El centro histórico de Zacatecas,declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco me dejó pálida. Las plazas, las fuentes, la catedral, la limpieza, me pareció la ciudad más bella del mundo.
Ese día le escribí a mi madre y le dije lo que sentía en ese momento, que el lugar era tan hermoso que yo me quedaba a vivir ahí, que no me sacaban ni loca. Ya quería amanecer todos los días mirando los callejones con sus casitas coloniales espectadoras de la independencia y la revolución. A pesar de toda la información que busqué antes de viajar no dimensioné nada de lo que era, ni visual ni históricamente.
Me encanta asentar en lugares nuevos porque esa emoción con el tiempo se gasta. Uno se acostumbra a lo bello y lo feo y cuando el paisaje deja de ser pintoresco es lindo viajar, aunque sea de vacaciones, a conocer otros aires. Pero igual, como me gustan las novedades, me encanta saciar mis costumbres, especialmente cuando de gastronomía se trata. Mi estómago reclama milanesas con puré, tartas de acelga, atún o cebolla y queso, empanadas y untarle al pan dulce de leche.
Las milanesas con puré las hago yo a mi estilo, porque acá los empanizados son distintos, las pizzas me las hago con pan árabe, pero el resto de las cosas le creaban un vacío a mi paladar.
Hace dos semanas compramos un hornito eléctrico. Ni pensamos en comprar otra clase de horno porque nuestra vida tiene que ser lo más portátil que se pueda. Todo, sillas y mesas plegables, muebles desarmables, todo tiene que caber en cajas sino no nos sirve. Hasta mis cursos ahora los hago con la Escuela de Periodismo Portátil porque, además de que admiro a Meneses, me parece una manera práctica de aprender sin correr el riesgo de no poder terminar, como me pasó con el profesorado de yoga en Buenos Aires que a mitad del curso me terminé mudando y por ende, lo terminé dejando.
Así que volviendo, con el horno eléctrico empecé a hacer tartas y empanadas con preparaciones de masa casera, chipaguazú que es único y sólo lo encontras en Paraguay y hasta bizcochuelos. Mi suegra me pasó la receta del dulce de leche y tras tres intentos quedó perfecto.
Lentamente estoy aprendiendo a que mis costumbres puedan ser saciadas donde quiera que esté. Aprender a hacer las comidas preferidas es como llevar un talismán a todos lados. Caigas donde caigas vas a hacerlo bien parado.
Receta del dulce de leche:
-Un litro de leche
-1/2 kilo de azúcar.
-Una gota de esencia de vainilla.
-1 Cucharada de bicarbonato de sodio.
-Cuchara de madera.
Ir tirando de a poco en la cacerola a fuego medio la leche, el azúcar y la cucharadita de esencia de vainilla. Mezclar cada tanto y cuando empiezan los hervores tirar la cucharadita de bicarbonato. Allí, casarse con la pala de madera, calzar zapatillas cómodas y revolver, revolver y revolver hasta que te arrepientas de haber empezado la empresa (después al comer el experimento eso se olvida).
Lentamente verás como va adquiriendo color a dulce de leche y se va volviendo más espeso. Antes que se vuelva espeso de todo, poner una cucharadita del contenido en un plato y ver la consistencia que queda cuando se enfría. Eso es re importante, la primera vez me pasó revolver hasta que quede bien espeso pero al enfriarse el dulce de leche me quedó durísimo, onda repostero. Así que se saca antes de que quede espeso y el punto justo se sabe haciendo esta prueba.
Y ya, voilá!
Me encanta vivir en un país que no sea el mío. Me fascina, y especialmente me encantan los primeros días, esos que miras todo todo con la boca abierta, babeando.
A Zacatecas llegamos pasadas las diez de la noche. Hacía frío y no vimos gran cosa. Un taxista bien norteño con sombrero cowboy, botas texanas, camisa con cuello y espalda bordadas, nos ayudó a colocar las valijas en el portaequipajes y nos llevó a nuestro hotel. Sólo vimos cerros, calles en subidas y bajadas y algunas cuantas luces. Tampoco estábamos muy preocupados: muertos de hambre, sólo queríamos pedir algo para comer y domir.
Al día siguiente, bien temprano y domingo, salimos a la calle a ver donde estábamos. “Amadeo mirá”, “uy mirá esto”, le decía a mi compañero mientras paseaba el carrito con mi niña. El centro histórico de Zacatecas,declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco me dejó pálida. Las plazas, las fuentes, la catedral, la limpieza, me pareció la ciudad más bella del mundo.
Ese día le escribí a mi madre y le dije lo que sentía en ese momento, que el lugar era tan hermoso que yo me quedaba a vivir ahí, que no me sacaban ni loca. Ya quería amanecer todos los días mirando los callejones con sus casitas coloniales espectadoras de la independencia y la revolución. A pesar de toda la información que busqué antes de viajar no dimensioné nada de lo que era, ni visual ni históricamente.
Me encanta asentar en lugares nuevos porque esa emoción con el tiempo se gasta. Uno se acostumbra a lo bello y lo feo y cuando el paisaje deja de ser pintoresco es lindo viajar, aunque sea de vacaciones, a conocer otros aires. Pero igual, como me gustan las novedades, me encanta saciar mis costumbres, especialmente cuando de gastronomía se trata. Mi estómago reclama milanesas con puré, tartas de acelga, atún o cebolla y queso, empanadas y untarle al pan dulce de leche.
Las milanesas con puré las hago yo a mi estilo, porque acá los empanizados son distintos, las pizzas me las hago con pan árabe, pero el resto de las cosas le creaban un vacío a mi paladar.
Hace dos semanas compramos un hornito eléctrico. Ni pensamos en comprar otra clase de horno porque nuestra vida tiene que ser lo más portátil que se pueda. Todo, sillas y mesas plegables, muebles desarmables, todo tiene que caber en cajas sino no nos sirve. Hasta mis cursos ahora los hago con la Escuela de Periodismo Portátil porque, además de que admiro a Meneses, me parece una manera práctica de aprender sin correr el riesgo de no poder terminar, como me pasó con el profesorado de yoga en Buenos Aires que a mitad del curso me terminé mudando y por ende, lo terminé dejando.
Así que volviendo, con el horno eléctrico empecé a hacer tartas y empanadas con preparaciones de masa casera, chipaguazú que es único y sólo lo encontras en Paraguay y hasta bizcochuelos. Mi suegra me pasó la receta del dulce de leche y tras tres intentos quedó perfecto.
Lentamente estoy aprendiendo a que mis costumbres puedan ser saciadas donde quiera que esté. Aprender a hacer las comidas preferidas es como llevar un talismán a todos lados. Caigas donde caigas vas a hacerlo bien parado.
Receta del dulce de leche:
-Un litro de leche
-1/2 kilo de azúcar.
-Una gota de esencia de vainilla.
-1 Cucharada de bicarbonato de sodio.
-Cuchara de madera.
Ir tirando de a poco en la cacerola a fuego medio la leche, el azúcar y la cucharadita de esencia de vainilla. Mezclar cada tanto y cuando empiezan los hervores tirar la cucharadita de bicarbonato. Allí, casarse con la pala de madera, calzar zapatillas cómodas y revolver, revolver y revolver hasta que te arrepientas de haber empezado la empresa (después al comer el experimento eso se olvida).
Lentamente verás como va adquiriendo color a dulce de leche y se va volviendo más espeso. Antes que se vuelva espeso de todo, poner una cucharadita del contenido en un plato y ver la consistencia que queda cuando se enfría. Eso es re importante, la primera vez me pasó revolver hasta que quede bien espeso pero al enfriarse el dulce de leche me quedó durísimo, onda repostero. Así que se saca antes de que quede espeso y el punto justo se sabe haciendo esta prueba.
Y ya, voilá!
Zacatecas con mucho ritmo
Para los que están con espíritu aventurero (y económico) para viajar a Zacatecas esta Semana Santa, va este post:
Desde el sábado 27 de marzo hasta el 9 de abril, la Plaza de Armas de Zacatecas se convierte en el escenario de artistas internacionales y nacionales de gran talla como Rubén Blades, Kítaro, Lila Downs, Chick Corea y Gary Burton, Yes, Diana Krall, entre otros.
Los conciertos, gratuitos, forman parte del marco del Festival Cultural Zacatecas 2010, evento conocido a nivel mundial por la calidad de los protagonistas. Años pasados Bob Dylan, Omara Portuondo, Caetano Veloso fueron algunos de los músicos presentes.
A continuación, comparto una parte del programa para que puedan organizar las agendas e invitar a los amigos para conocer algunas bandas buenísimas y disfrutar a los artistas preferidos.
CONCIERTOS EN LA PLAZA DE ARMAS
MARZO
Sábado 27
20:30 hs:
Lila Downs, Buika y Mariza abrirán el festival (México, España y Portugal).
Domingo 28
20:30:
Youssou N'Dour (Senegal).
Lunes 29
19:30:
Elefante (México).
20: 30:
Solé Giménez (España).
Martes 30
19.30:
Quinteto Universitario de Jazz (Zacatecas, México).
20:30:
Chick Corea & Gary Burton (Estados Unidos).
Miercoles 31
19.30:
Julieta Venegas (México).
20:30:
Babasónicos (Argentina).
ABRIL
Jueves 1
19.30:
Mumiy Troll (Rusia).
20:30:
America (Inglaterra).
Sabado 3
19.30:
Sonex (Jalapa, México).
20:30:
Rubén Blades (Panamá).
Domingo 4
19.30:
Los Pinguos (Argentina).
20:30:
Baaba Maal (Senegal).
Lunes 5
20:30:
Yes (Inglaterra).
Martes 6
19.30:
Orquesta de Provincia de Beto Díaz (Zacatecas, México).
20:30:
Roberto Carlos (Brasil).
Miercoles 7
19.30:
Bruno Yamasaki (Japón).
20:30:
Kitaro (Japón).
Jueves 8
19.30 Arista 5 (Zacatecas, México).
20:30:
Diana Krall (Canadá).
ESTADIO FRANCISCO VILLA
El viernes 9 de abril cerrará el concierto el español Alejandro Sanz a las 20:30 hs. Por cuestiones de espacio se cambió el lugar del escenario.
Les dejo el video de un concierto de Chick Corea y Gary Burton tocando La Fiesta.
Desde el sábado 27 de marzo hasta el 9 de abril, la Plaza de Armas de Zacatecas se convierte en el escenario de artistas internacionales y nacionales de gran talla como Rubén Blades, Kítaro, Lila Downs, Chick Corea y Gary Burton, Yes, Diana Krall, entre otros.
Los conciertos, gratuitos, forman parte del marco del Festival Cultural Zacatecas 2010, evento conocido a nivel mundial por la calidad de los protagonistas. Años pasados Bob Dylan, Omara Portuondo, Caetano Veloso fueron algunos de los músicos presentes.
A continuación, comparto una parte del programa para que puedan organizar las agendas e invitar a los amigos para conocer algunas bandas buenísimas y disfrutar a los artistas preferidos.
CONCIERTOS EN LA PLAZA DE ARMAS
MARZO
Sábado 27
20:30 hs:
Lila Downs, Buika y Mariza abrirán el festival (México, España y Portugal).
Domingo 28
20:30:
Youssou N'Dour (Senegal).
Lunes 29
19:30:
Elefante (México).
20: 30:
Solé Giménez (España).
Martes 30
19.30:
Quinteto Universitario de Jazz (Zacatecas, México).
20:30:
Chick Corea & Gary Burton (Estados Unidos).
Miercoles 31
19.30:
Julieta Venegas (México).
20:30:
Babasónicos (Argentina).
ABRIL
Jueves 1
19.30:
Mumiy Troll (Rusia).
20:30:
America (Inglaterra).
Sabado 3
19.30:
Sonex (Jalapa, México).
20:30:
Rubén Blades (Panamá).
Domingo 4
19.30:
Los Pinguos (Argentina).
20:30:
Baaba Maal (Senegal).
Lunes 5
20:30:
Yes (Inglaterra).
Martes 6
19.30:
Orquesta de Provincia de Beto Díaz (Zacatecas, México).
20:30:
Roberto Carlos (Brasil).
Miercoles 7
19.30:
Bruno Yamasaki (Japón).
20:30:
Kitaro (Japón).
Jueves 8
19.30 Arista 5 (Zacatecas, México).
20:30:
Diana Krall (Canadá).
ESTADIO FRANCISCO VILLA
El viernes 9 de abril cerrará el concierto el español Alejandro Sanz a las 20:30 hs. Por cuestiones de espacio se cambió el lugar del escenario.
Les dejo el video de un concierto de Chick Corea y Gary Burton tocando La Fiesta.
La cartera
Estaba en el colectivo yendo hacia Hacienda, contabilizando de a una mis deducciones para que no me arranquen la cabeza. Como soy prestadora de servicios pago IETU, IVA e ISR. Tengo que justificar el 50 por ciento de mis ingresos en gastos relacionados a mi trabajo o pagarlo, y a pesar de que me la paso pidiendo facturas siempre termino pagando. Los 17 de cada mes son atroces, antes de salir repaso mis documentos, veo si tengo todo en orden. Los 17 sólo tengo números agresivos y persecutas…
Estaba en eso cuando veo que la chica que estaba sentada al lado mío se levanta y deja su cartera. Ya le estaba por gritar que no se baje, que se la olvidó cuando veo que fue a hablarle al chofer y regresó a sentarse. Muy tranquila la doña, dejó nomás la cartera porque es una mujer relajada y le resbala que no existe cartera en el mundo tan pesada como para no llevarla colgada donde va, si estás en un lugar lleno de extraños.
La tuve que mirar: estudiante fija, unos 20 años, jeans, zapatillas y saquito. La tuve que mirar y morderme la lengua para no decirle cual vieja metiche: “Nena, despertáte” y darle una larga perorata sobre el descuido, de cuando me cortaron la cartera en un colectivo en Asunción, de las dos veces que me desvalijaron la casa porque no estaba, de que hacer lo que ella hizo en un subte o tren en Buenos Aires es de tarados, de cuando me asaltaron en Nicaragua y pensé que en mi cartera estaban los documentos y corrí a los chorros dos cuadras hasta que Amadeo me agarró de atrás y me dijo “Basta”.
Tuve ganas de decirle "inconciente" recordando como aferro a mi hija en un portabebés cuando salgo porque no se puede confiar en nadie. Pero me dí cuenta que la única paranoica era yo, todos estaban muy relajados, a nadie le importó un pomo y a ella menos el haber sido de pensamientos tan nobles como para dejar su cartera al lado de una desconocida en un colectivo con mucha gente. No sé si mi viaje era al mundo perfecto pero a nadie le dio ni fu ni fa. Al parecer era la única mente torcida.
Me bajé del bondi y seguí con mis cuentas, ya sabía que me iba directo, a pesar de atajar bien fuerte mi cartera, a que me desembolsillen unos buenos pesos.
Estaba en eso cuando veo que la chica que estaba sentada al lado mío se levanta y deja su cartera. Ya le estaba por gritar que no se baje, que se la olvidó cuando veo que fue a hablarle al chofer y regresó a sentarse. Muy tranquila la doña, dejó nomás la cartera porque es una mujer relajada y le resbala que no existe cartera en el mundo tan pesada como para no llevarla colgada donde va, si estás en un lugar lleno de extraños.
La tuve que mirar: estudiante fija, unos 20 años, jeans, zapatillas y saquito. La tuve que mirar y morderme la lengua para no decirle cual vieja metiche: “Nena, despertáte” y darle una larga perorata sobre el descuido, de cuando me cortaron la cartera en un colectivo en Asunción, de las dos veces que me desvalijaron la casa porque no estaba, de que hacer lo que ella hizo en un subte o tren en Buenos Aires es de tarados, de cuando me asaltaron en Nicaragua y pensé que en mi cartera estaban los documentos y corrí a los chorros dos cuadras hasta que Amadeo me agarró de atrás y me dijo “Basta”.
Tuve ganas de decirle "inconciente" recordando como aferro a mi hija en un portabebés cuando salgo porque no se puede confiar en nadie. Pero me dí cuenta que la única paranoica era yo, todos estaban muy relajados, a nadie le importó un pomo y a ella menos el haber sido de pensamientos tan nobles como para dejar su cartera al lado de una desconocida en un colectivo con mucha gente. No sé si mi viaje era al mundo perfecto pero a nadie le dio ni fu ni fa. Al parecer era la única mente torcida.
Me bajé del bondi y seguí con mis cuentas, ya sabía que me iba directo, a pesar de atajar bien fuerte mi cartera, a que me desembolsillen unos buenos pesos.
Lucky Luke
Tengo muy pocas cosas. Uno cree que con los años acumula más pero yo resto. Lastimosamente no podemos cargar de más en los viajes y soy una ferviente creyente en la consigna “mientras más liviano mejor” a la hora de viajar.
No es fácil para mí desprenderme, uno rápidamente acumula ropas, muebles, utensilios de cocina, electrodomésticos, y a la hora de partir hay que seleccionar cuidadosamente lo más importante, restringirse sólo a eso. Y así como no son fáciles las despedidas, no es fácil vender y regalar las cosas más lindas que generalmente terminan siendo las más inútiles, como adornos, cuadros y mágicos libros pero imposibles de llevar.
El último viaje Amadeo y yo viajamos sin nada, porque preferimos que en los pocos kilos que te permiten en el avión estén las cosas de nuestra beba, sus juguetes, ropas, colchas, toallas. Atrás dejamos miles de recuerdos que a veces uno piensa en guardarlos, como ropitas de cuando recién nació, la cuna, la cómoda, su velador, a todo le tuvimos que decir chau a pesar de que pintamos o elegimos con un amor que va más allá de lo material, con un amor para Jade.
Sin embargo hay dos de las que aún no me puedo desprender aunque no viajen conmigo. Mi mamá es la guardiana de mis dos grandes bienes: Una máquina de coser que era de mi vieja y que tiene como 30 años y mi colección de historietas de Lucky Luke.
Lucky Luke era mi ídolo, y ni modo, sigue siendo lo más. Su final siempre perfecto cantando “I´m a poor lonesome cowboy and a long long way from home” del legendario tema de Pat Woods... no podía terminar de otra manera: lo genial no era que atrapaba a los Dalton, lo genial era que era tan libre que su casa era el camino y su vida recorrer el viejo Oeste. Morris y Goscinny eran unos capos.
Lograr la colección me costó bastante. El primer Lucky Luke que llegó a mis manos fue Billy de Kid, y lo había comprado mi hermano. Yo tenía diez años (casi 20 años de eso) y en esa época se conseguían las historietas los domingos en las plazas de Buenos Aires, en mi caso en el parque Rivadavia. Pero después, cuando fui a Paraguay, tenía que ir a El Lector cuando aún tenía un puesto en la plaza al lado del Shopping Villamorra y llorarle al hombre para que se apure con los pedidos. Los traía de a tres títulos y a veces justo traía los que ya tenía. En esas ocasiones volvía decepcionada, como si todo estuviera fuera de control.
Esa colección ha vivido mudanzas, fue una de las pocas cosas que llevé a la casa a la que me mudé con Amadeo, era como seguir siendo la misma, la misma que soñaba andar de viaje por ahí, pero después ya no la pude llevar conmigo y se quedó en la casa de mi mamá, archivada, donde vivió algunas torturas por parte de mis sobrinos y, hace no mucho, la visita del kupi’i (termitas). Fue hace un año, estaba en lo de mi mamá cuando encontré ese caminito de viborita en la pared, y que acababa con una puntería exacta detrás del estante de libros donde estaba mi colección. Susto atroz, Lucky Luke no podía tener ese final!
Tuvimos que vaciar todo el mueble, desinfectarlo y tirar varios libros que fueron comidos por los odiosos kupi’i. La colección se salvó raspando, algunos títulos fueron comidos en los bordes de las páginas pero nada más. La guardé lo mejor que pude aunque se que no está a salvo de nada, como nadie.
Quizás su destino no sea estar a la espera porque no tengo el desapego suficiente para pasarlo a otras manos. Está a la espera de que mi hija sea más grade y se la pueda mostrar, compartir con ella esa emoción que seguramente, si sigue en pie para ese momento, le parecerá del viejazo total.
Me encantaría ser coleccionista pero no puedo, seguramente no está en mi tonali. Las cosas no se quedan conmigo mucho tiempo y hasta ahora solo mantengo dos, una máquina de coser que me regaló mi mamá y la colección de Lucky Luke.
No es fácil para mí desprenderme, uno rápidamente acumula ropas, muebles, utensilios de cocina, electrodomésticos, y a la hora de partir hay que seleccionar cuidadosamente lo más importante, restringirse sólo a eso. Y así como no son fáciles las despedidas, no es fácil vender y regalar las cosas más lindas que generalmente terminan siendo las más inútiles, como adornos, cuadros y mágicos libros pero imposibles de llevar.
El último viaje Amadeo y yo viajamos sin nada, porque preferimos que en los pocos kilos que te permiten en el avión estén las cosas de nuestra beba, sus juguetes, ropas, colchas, toallas. Atrás dejamos miles de recuerdos que a veces uno piensa en guardarlos, como ropitas de cuando recién nació, la cuna, la cómoda, su velador, a todo le tuvimos que decir chau a pesar de que pintamos o elegimos con un amor que va más allá de lo material, con un amor para Jade.
Sin embargo hay dos de las que aún no me puedo desprender aunque no viajen conmigo. Mi mamá es la guardiana de mis dos grandes bienes: Una máquina de coser que era de mi vieja y que tiene como 30 años y mi colección de historietas de Lucky Luke.
Lucky Luke era mi ídolo, y ni modo, sigue siendo lo más. Su final siempre perfecto cantando “I´m a poor lonesome cowboy and a long long way from home” del legendario tema de Pat Woods... no podía terminar de otra manera: lo genial no era que atrapaba a los Dalton, lo genial era que era tan libre que su casa era el camino y su vida recorrer el viejo Oeste. Morris y Goscinny eran unos capos.
Lograr la colección me costó bastante. El primer Lucky Luke que llegó a mis manos fue Billy de Kid, y lo había comprado mi hermano. Yo tenía diez años (casi 20 años de eso) y en esa época se conseguían las historietas los domingos en las plazas de Buenos Aires, en mi caso en el parque Rivadavia. Pero después, cuando fui a Paraguay, tenía que ir a El Lector cuando aún tenía un puesto en la plaza al lado del Shopping Villamorra y llorarle al hombre para que se apure con los pedidos. Los traía de a tres títulos y a veces justo traía los que ya tenía. En esas ocasiones volvía decepcionada, como si todo estuviera fuera de control.
Esa colección ha vivido mudanzas, fue una de las pocas cosas que llevé a la casa a la que me mudé con Amadeo, era como seguir siendo la misma, la misma que soñaba andar de viaje por ahí, pero después ya no la pude llevar conmigo y se quedó en la casa de mi mamá, archivada, donde vivió algunas torturas por parte de mis sobrinos y, hace no mucho, la visita del kupi’i (termitas). Fue hace un año, estaba en lo de mi mamá cuando encontré ese caminito de viborita en la pared, y que acababa con una puntería exacta detrás del estante de libros donde estaba mi colección. Susto atroz, Lucky Luke no podía tener ese final!
Tuvimos que vaciar todo el mueble, desinfectarlo y tirar varios libros que fueron comidos por los odiosos kupi’i. La colección se salvó raspando, algunos títulos fueron comidos en los bordes de las páginas pero nada más. La guardé lo mejor que pude aunque se que no está a salvo de nada, como nadie.
Quizás su destino no sea estar a la espera porque no tengo el desapego suficiente para pasarlo a otras manos. Está a la espera de que mi hija sea más grade y se la pueda mostrar, compartir con ella esa emoción que seguramente, si sigue en pie para ese momento, le parecerá del viejazo total.
Me encantaría ser coleccionista pero no puedo, seguramente no está en mi tonali. Las cosas no se quedan conmigo mucho tiempo y hasta ahora solo mantengo dos, una máquina de coser que me regaló mi mamá y la colección de Lucky Luke.
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